De fuego, paisajes y fractales
Un fin de semana de Kriya yoga con Usha Devi y Siddhartha Krishna
Este fin de semana recibí enseñanzas por primera vez de Usha Devi y su hijo, Siddhartha. Los dos comparten una misma cualidad: la profundidad. Usha la busca en el asana, a través de las acciones más sutiles; Siddhartha, en la filosofía, desdoblando cada tema capa por capa. Si tuviera que describirlos con dos palabras, a Usha la definiría como rigor compasivo, y a Siddhartha como elocuencia generosa. Ambos destilan, con alta fidelidad, la sabiduría ancestral del yoga y, a través de sus enseñanzas, te devuelven a ti mismo.
Usha: rigor compasivo
Usha Devi es exigente: rigurosa, estricta, casi militar en su enseñanza. No deja pasar un detalle. Y sin embargo, nada en ella se siente duro. A través de la repetición, del esfuerzo sostenido y de permanencias muy prolongadas en las posturas, nos fue llevando, secuencia tras secuencia, a entender las acciones y los rincones más escondidos dentro del asana.
No hizo ni un solo ajuste manual. Todo fue a través de la palabra. Sus instrucciones son tan exactas que es como si tocaran el cuerpo: llegan al lugar preciso y hacen que el entendimiento permee hasta adentro. Con muy pocas re-demostraciones, lograba guiarnos con profundidad, aunque siempre parecía insaciable. En esa precisión se respiraba su compasión.
El ritmo de las sesiones fue fluido, movido, casi sin pausas, algo que agradecen quienes son nuevos en el método y quieren, sobre todo, moverse. Al mismo tiempo, el detalle de sus instrucciones permitía a los practicantes avanzados y a los maestros acceder a acciones mucho más finas. Una misma clase, muchas capas de lectura.
En todo esto se siente a Guruji. Usha encarna sus enseñanzas con una devoción profunda, y es esa devoción la que vuelve compasivo su rigor.
Siddhartha: elocuencia generosa
Si Usha encarna el cuerpo, Siddhartha abre la filosofía. Su entendimiento es vasto y claro, y fue enormemente generoso al compartirlo. Con su canto dulce y devoto nos acercó a la sabiduría ancestral del yoga. De sus cátedras me quedo con tres ideas:
El campo y el conocedor. El campo es todo lo que cambia, el espacio de los fenómenos. Frente a él está el conocedor, el que ve. Siddhartha llamó a ese campo también el jardín; yo lo llamaría el bosque, la montaña, el paisaje.
Lo divino. Esa luz, esa conciencia que ilumina y habita en todos los seres, que compartimos todos, como un fractal del diseño divino. Me hizo pensar en la geometría sagrada: la misma esencia que se repite, a distintas escalas, en cada uno de nosotros. Cuando la devoción hacia lo divino se refracta y se despliega hacia todos los seres sintientes, el amor hacia los otros se vuelve, en sí mismo, el camino de la devoción.
El trayecto hacia la sabiduría. Nace de comprender los dos primeros y se sostiene en la humildad: en liberarnos de la necesidad de ser pretenciosos, de sentirnos superiores a los demás.
Me llamó especialmente la atención su exposición sobre los cinco vāyus, que no solo habitan el cuerpo de energía sutil —el prānamaya kośa— sino también el espacio de la mente, el manomaya kośa. Me lo llevo como una tarea abierta, algo que seguiré explorando.
El cuerpo y la mente : campo de exploración y vehículo de la existencia
Este fin de semana confirmé lo que los practicantes del método sabemos con certeza: el yoga no son las asanas. Como decía Guruji, «el cuerpo es mi templo y las asanas son mis oraciones». La oración no es el fin, sino el camino hacia lo sagrado. Del mismo modo, las asanas no son el yoga, sino la vía por la que la conciencia aprende a observar el cuerpo, a buscar acciones distintas y a entrenar la mente en una forma de meditación.
Y aquí se encuentran las enseñanzas de madre e hijo. El cuerpo y la mente pertenecen al campo del que hablaba Siddhartha: son el espacio de exploración donde se despliega mi naturaleza esencial, pero no son ella. El néctar de la práctica es darse cuenta del espacio que existe entre el que ve y lo observado. El cuerpo, las asanas, la respiración, los pensamientos, todo aquello que surge, mora y se desvanece —todo lo impermanente— eso no soy yo. Quien habita el templo no es el templo: no soy mi cuerpo, ni mi mente.
Llego así a una conclusión hermosísima, que venía madurando en los últimos meses y que este taller terminó de aclarar: el cuerpo, la mente y esta existencia son el vehículo en el cual puedo experimentar mi esencia. El camino consiste en no identificarme con ellos ni con todo lo cambiante: los roles, los pensamientos, las emociones, los sentimientos, el entorno, las relaciones.
Tapas, svādhyāya, īśvara pranidhāna
Madre e hijo encarnan juntos el kriyā yoga de Patañjali. En Usha está el tapas: el fuego del esfuerzo sostenido, la disciplina que quema lo superfluo. En Siddhartha, el svādhyāya: el estudio que nos vuelve hacia nosotros mismos y nos enseña a recorrer los paisajes del campo —el jardín, el bosque, la montaña— desde la mirada del que ve. Y en ambos, como hilo que todo lo une, īśvara pranidhāna: la entrega devota a lo divino, entendida no como algo lejano, sino como ese fractal de luz que se repite en cada uno de nosotros y en todos los seres vivos que nos rodean.
Y así vuelvo a donde empecé: El yoga no es asana. El cuerpo es solo el campo. Lo esencial es el testigo que observa en silencio.



Muy elocuentemente dicho! Gracias Martha!