Iztaccíhuatl. El bardo del paso consciente
- Marta Vergara
- 9 mar
- 2 Min. de lectura

Ayer alcancé la cumbre del Iztaccíhuatl.
Fue mi cuarto intento.
Las tres veces anteriores no se dieron las condiciones: el clima, el grupo, el momento.
Aprendí que la montaña no se conquista; se escucha. Y cuando se alinean los elementos, simplemente te permite avanzar.
Esta vez fue distinto. Fui acompañada por mis hijas y guiadas por mi querido amigo y extraordinario montañista Armando Dattoli. Llegar juntas a la cima fue más que un logro físico; fue una experiencia iniciática.
El Iztaccíhuatl no solo exige fuerza. Exige rigor mental.
Frío que cala, viento que empuja, tierra suelta, oscuridad antes del amanecer. Terrenos diversos, a veces escabrosos. Cada paso es una negociación entre el cuerpo y la mente.
Y, sin embargo, en medio de la incomodidad, algo se revela:
La increíble capacidad del cuerpo humano.
La potencia silenciosa de la voluntad.
La templanza que nace cuando eliges seguir.
Mientras ascendíamos entendí algo profundo: una hazaña así no se logra pensando en la cima. Tampoco mirando atrás lo recorrido. El pasado y el futuro colapsan. Solo existe el siguiente paso. La siguiente respiración.
Ahí aparece el bardo.No como concepto filosófico abstracto, sino como experiencia viva: el espacio de transición donde todo ocurre. El instante suspendido entre un paso y el otro. El territorio del aquí y ahora.
La montaña me recordó que la vida es igual.
Si miras lo que falta, te abruma.
Si miras lo que ya pasó, te distrae.
Si te quedas en el presente —respiración, apoyo, intención— avanzas.
Ir acompañada de mis hijas fue el regalo mayor. Risas bajo el cielo azul. Aire fresco. La certeza de que pasara lo que pasara, la aventura ya estaba marcándonos.
La resiliencia no es dureza.
La fortaleza mental no es rigidez.
Es presencia.
Solo así se sube el Iztaccíhuatl.
Solo así se transita cualquier montaña interior.



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