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53 a 5636 m.s.n.m

11 sept
4 min de lectura

El ascenso como peregrinación hacia el espacio de la mente.



Este domingo seis de septiembre cumplí cincuenta y tres años, y decidí celebrarlos escalando el Citlaltépetl, el Pico de Orizaba, el volcán más alto de México y de Norteamérica. Un volcán de lava congelada, dormido, pero vivo bajo el hielo. Gracias a una preparación física ardua, llegué ligera y fuerte, lo que me permitió disfrutar el ascenso en lugar de sobrevivirlo. Pero lo que quiero compartir aquí no es una crónica deportiva, sino lo que sucedió por dentro.


Ascenso en solitud, la deconstrucción del ego

Fui en soledad, solo guiada por mi gran amigo Armando Dattoli. No en grupo, no en conversación, no en la contención social que normalmente rodea estas experiencias. Así, en silencio , el ascenso se convirtió en un viaje hacia adentro, en una meditación en movimiento. Sin nadie a quien alcanzar, nadie a quien esperar, nadie que necesitara de mi atención, nadie que me diera ánimos. Solo yo, mi respiración, la montaña, y un espacio íntimo.

Y así, redescubrí esa noche: la importancia del retiro en soledad. Desengancharse de la cotidianidad, del ruido, de los vínculos que, aunque amorosos, también ocupan espacio mental. El silencio no es ausencia; es el espacio donde el trabajo interno finalmente puede suceder. En palabras de Sir Edmund Hillary: no es la montaña la que conquistamos, sino a nosotros mismos y yo añado, a nuestro ego.


Los tres ríos que confluyen

En esta travesía, como tres ríos que bajan de distintas cuencas y de pronto se encuentran en un mismo cauce, el yoga, la montaña y el budismo, las tres corrientes que atraviesan mi vida, confluyeron en una sola experiencia continua.


El ascenso es nocturno, así que el entorno visual prácticamente desaparece. No hay paisaje que contemplar, solo oscuridad, esfuerzo, y el sonido de la propia respiración. Ese despojo obligado se convirtió en el escenario perfecto para practicar la atención plena a las sensaciones del cuerpo, sin la mente narrando ni interpretando.


Recitando en silencio el mantra de purificación de Vajrasattva, usando las piedras del sendero bajo mis pies como si fueran las cuentas de un mala, entendí porque mantra significa protección mental. Cada paso una sílaba del mantra de cien. Cada roca una cuenta de mala. Mi mente se desdobló y mientras el cerebro racional: la mente pensante diría Tsonky Rimpoche, se enganchaba con el reto físico y el cuerpo agitado por el esfuerzo, en la conciencia o la mente observante se abría un espacio distinto, de expansión, de ligereza, de luminosidad, un espacio permeante que lo envolvía todo. Ahí pude descansar mi conciencia. Mientras mi cuerpo resolvía el desafío físico, mi conciencia habitaba un espacio luminoso y de gozo, amplio, ligero.


La cima

A diferencia de otras veces en que llegar a una cumbre me desborda en llanto, esta vez la emoción fue distinta: una satisfacción liviana, suave, sin apego. No me faltaba el aire. Había disfrutado más el proceso que la llegada misma. Esa es, quizás, la lección más budista de todas: soltar el aferramiento incluso a la meta que uno más desea.


El cielo, arriba, estaba azul, amplio, expandido, como mi propia mente. No había nadie más en la cima.


Pude permanecer algunos minutos en silencio, sintiendo el calor del sol en mi cuerpo y descansando mi mente en el sonido natural de la dharmata, ese sonido primordial que en el budismo tibetano se describe como la resonancia de la naturaleza última de los fenómenos, siempre presente, se reconozca o no. Pude percibirlo con total claridad.


Tulku Urgyen Rinpoche, maestro de la tradición Dzogchen, habla de una triple práctica del espacio: el espacio externo, que es el cielo vacío; el espacio interno, que es la esencia vacía de la mente; y el espacio secreto, que es rigpa, la naturaleza esencial de la conciencia. Cuando se reconoce rigpa, dice, estos tres espacios se funden en uno solo, sin separación. Ahí arriba, con el cielo azul y expandido frente a mí y mi propia mente igual de amplia y luminosa, entendí sin palabras a qué se refería: afuera y adentro dejaron de ser dos cosas distintas.


Sirsasana a 5636 ms.s.n.m

Y como todo practicante de asana, buscamos retratar Sirsasana en diferentes entornos..... esta vez, fue distinto, desde otro lugar. No desde el desafío y el ego, sino desde la humildad. Puse la cabeza en la tierra y los pies hacia el cielo, desde el punto más alto de México. Y sentí humildad. B.K.S. Iyengar sostiene, que la práctica regular de Sirsasana vuelve a la persona equilibrada y autosuficiente frente al dolor y el placer, la pérdida y la ganancia, la vergüenza y la fama, la derrota y la victoria. Y ahí, en esa cima, entendí exactamente a qué se refería: la satisfacción liviana que sentí, sin apego, sin necesidad de que el momento fuera más grande de lo que era, es esa ecuanimidad de la que habla.

También sentí el descanso de las piernas, el frío de la tierra en la cabeza, y algo que solo puedo describir como la oxigenación del cerebro. Todos los efectos fisiológicos que conocemos de Sirsasana, los sentí exponenciados al máximo, probablemente por la altura.


El descenso que trasnforma

Bajé de la montaña distinta a como subí, no porque hubiera cambiado algo afuera, sino porque había verificado, en carne propia, algo que llevo años enseñando desde la teoría: que el cuerpo puede estar en en un esfuerzo gozoso y la mente, al mismo tiempo, habitar un espacio de calma y amplitud.


Pero si algo se queda conmigo por encima de todo lo demás es esto: la importancia del silencio, del retiro, de la soledad como vehículo del viaje interno. No fue la cima lo que me transformó, fue el trayecto hacia ella, hecho en silencio, sin nadie a quien atender ni con quien conversar, desenganchada por unas horas de la cotidianidad, del ruido, de los vínculos que, aunque queridos, también ocupan espacio mental. Solo así, despojada, pude escuchar lo que normalmente queda cubierto por el bullicio de los días.


Cumplir cincuenta y tres años en la cima del Citlaltépetl me dejó una certeza sencilla: hace falta, de vez en cuando, retirarse. Buscar el silencio propio, aunque sea por una noche, aunque sea a cinco mil seiscientos treinta y ocho metros de altura, para poder encontrarnos con lo que la vida diaria no nos deja escuchar.

Si algo les deseo a quienes leen esto es que se permitan, aunque sea por unas horas, su propio retiro en solaz ese espacio de silencio donde puedan encontrarse con su propia mente.


 
 
 

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